Experiencias
de las mujeres de los marinos
exiliados en la posguerra franquista (1939-1949)
Artículo publicado en la revista Laberintos n.º27 en 2025
Experiencias de las mujeres de marinos de la Armada
republicana exiliados en 1939: exilios y represión franquista durante el primer
franquismo (1939-1949).
Nuestro ámbito de investigación ha sido fundamentalmente el exilio de los
marinos de la Armada republicana en 1939. Al plantearnos el aspecto de género
de este exilio nos interesamos por la situación de las mujeres, compañeras,
madres o hermanas, cuando los marinos marcharon al exilio. No son mujeres
intelectuales, artistas o militantes de primera fila cuyo exilio ha sido más
estudiado. Son mujeres “desconocidas”, cuyas experiencias pueden ser
generalizables a poblaciones con características similares.
Las mujeres y familiares de los marinos republicanos vivieron tres tipos
de experiencias: el exilio en 1939, la represión para aquellas que quedaron en
España y finalmente un exilio propio, aplazado y tardío. Son tres aspectos que
nos pueden ayudar a conocer un fenómeno más general y que afectó a más mujeres
desconocidas.
Para estudiar este tema, nos hemos servido de las fuentes habituales
ligadas al exilio en los archivos franceses para Túnez, Argelia y Francia, los
archivos mexicanos y españoles[1] así como las fuentes hemerográficas pertinentes[2].
Además, nos hemos centrado en estudios de caso. Al haber trabajado sobre
la trayectoria y exilio de marinos republicanos exiliados o represaliados,
hemos tenido acceso a las vivencias de sus mujeres a través de los recuerdos
transmitidos por la familia o por ellas mismas, con memorias privadas o
documentación familiar. No podemos dejar de señalar la gran dificultad que
supone obtener información sobre las vivencias intimas y familiares de las
mujeres ya que figuran escasamente en los archivos, reflejo de la invisibilidad
en la que vivieron[3]. Como sus trayectorias vitales radicaron en el ámbito privado, de allí
hubo que rescatarlas. La utilización de los testimonios orales queda
justificada porque estamos tratando de «mujeres de a pie», «gente común» que no
pudieron expresarse a través de una obra creativa o de una actividad política,
y que nos acercan a «la historia desde abajo» (Gago 2007: 125). Hemos
incorporado técnicas metodológicas propias de los estudios migratorios,
relacionadas con el microanálisis, el uso de las fuentes nominativas, poniendo
en el centro del análisis al individuo (García Abad, 2003: 340). De esta manera
hemos trabajado sobre un corpus de ciento cincuenta
mujeres basándonos en los fondos mencionados, en memorias,
correspondencias y entrevistas que iremos indicando en cada caso.
Estos testimonios orales participan muchas veces de la épica familiar (Laborie y Amalric 2003: 20). En cambio, en este caso,
creemos que pecan de sobriedad. No olvidemos que se practicó contra las mujeres
diversas formas de represión específica: rapado de pelo, ingesta de aceite de
ricino y violencia sexual que no aparecen en estos relatos, quizás asumidos
como «normales» en aquella época, y que son evocados con fórmulas generales
como «sufrió mucho maltrato. Mucho[4].»
Las mujeres de estos marinos padecieron las mismas situaciones que muchas
mujeres de soldados, oficiales o funcionarios exiliados. Sus experiencias no
están marcadas por ser mujeres o familiares de marinos sino por ser mujeres de
republicanos y de vencidos. Así, a través de este estudio de caso, nos podremos
aproximar a conocer un fenómeno más general que afectó a más mujeres
desconocidas y olvidadas y nos permite un acercamiento a «la complejidad de lo
real» que caracteriza a todo fenómeno histórico. (Yusta, 2005: 34)
Las mujeres que marcharon al exilio en
1939
Al finalizar la guerra, hubo un grupo
de mujeres de marinos, de las que tenemos identificadas nominalmente cincuenta
y cuatro, que salió de España. con su marido, compañero o hermano.
Algunas partieron hacia Francia en el momento de la Retirada junto a sus
esposos que eran principalmente miembros de la Subsecretaría de Marina o de la
flotilla de vigilancia de Cataluña. En numerosos casos no pasaron la frontera
físicamente juntos puesto que sus maridos siguieron cumpliendo con su rol
militar hasta el último momento. Ellas cruzaron la frontera solas, con sus
hijos o familiares más mayores. Un buen número vivió una verdadera odisea para
sobrevivir «en una situación límite» (Egido, 2018:184). María Alcolea Martínez[5], es un buen ejemplo.
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María Alcolea Martínez en 1935 en la Escuela de Comercio de Cartagena. (Archivo familiar Libertad Heliot). |
Llegó al pueblo de Port-Vendres, Francia,
con un grupo de mujeres y su hija Libertad de nueve meses. Estaba desesperada,
sin saber a dónde ir ni si su compañero, el suboficial de electricidad y
torpedos Francisco Bértalo Blanco había podido pasar la frontera o había
muerto. Familias de Port-Vendres acogieron a las mujeres republicanas en sus
casas, pero dos días después el Prefecto prohibió hospedar a españoles y se las
llevaron a Rodez, a 150 km de Toulouse, las metieron en un granero con camas y
un tubo para el agua en el pesebre. Tuvo la suerte, relativa, de que su hija
enfermara de tosferina, -enfermedad grave en aquellos tiempos y circunstancias-
la ingresaron en el hospital y allí, María “ayudó” en lo que se le pedía por un
plato de comida y cobijo. En 1940 su compañero salió del campo de concentración
de Argelès-sur-Mer, fue enrolado en una Compañía de Trabajadores Extranjeros
(CTE) y mandado a trabajar a un polvorín en Mauzac, en Aquitania. Por medio de
la Cruz Roja, María pudo saber de Francisco y se reunió con él. Vivían en una
chabola sin luz, María cosía, desgranaba el maíz, cosía los sacos de granos con
rafia. Después, se llevaron a Francisco Bértalo, encuadrado en la organización
Todt, a trabajar en la construcción del Muro del Atlántico hasta que escapó y
quedó con la resistencia en Bourges, en región
Centro-Valle del Loira. Cuando Francisco consiguió mandarle un plano
indicándole el camino para reunirse con él, María emprendió la difícil tarea de
pasar la línea de demarcación[6] con la niña, una bicicleta y una fiambrera. Lo consiguió. Continuó
viviendo en muy malas condiciones hasta la Liberación en 1945. Algunas de estas mujeres que salieron con sus maridos fueron casos
“privilegiados” - si se puede hablar de privilegios en un exilio improvisado y
angustioso- ya que los maridos contaban, por su empleo dentro de la Armada, con
redes financieras, organizativas o políticas suficientes para poner a salvo a
sus mujeres y continuar, en numerosos casos, su exilio a Latinoamérica. Éste
fue el caso, entre otros, de Rita Gutiérrez Martínez,
mujer del ministro de Marina, Francisco Matz Sánchez[7]; de Candelaria Egea Rubio, mujer del jefe de
la Flotilla de vigilancia y defensa antisubmarina de Cataluña, Antonio Yañez
Piñeiro[8] y de María Álvarez Campomanes, mujer del
jefe del arsenal de Cartagena, Norberto Morell[9].
Otras mujeres salieron con la flota el
5 de marzo de 1939. Fueron 21 mujeres y 4 niños y niñas embarcados en el
crucero Cervantes y el destructor Jorge Juan que desembarcaron en
Bizerta, Túnez, quedando desde el 13 de marzo en el antiguo hospicio para
ancianos de Kassar-Saïd la Manouba[10] . Se podría pensar que se trataba de las familias de mandos de la flota,
pero hemos constatado que no fue así. No hemos encontrado entre estas mujeres a
esposas o familiares de mandos significativos de la Armada. Son principalmente
mujeres o hijas de civiles que trabajaban en la Base de Cartagena y provenían
de zonas ocupadas tempranamente por los rebeldes (Cantabria, Vizcaya,
Asturias), dos son mujeres de marinos de la Reserva Naval (las dos de la
provincia de Vizcaya) y nueve de estas mujeres (casi el 43%) eran novias o
esposas de marineros, fogoneros o cabos.
Tres hermanas que marcharon con los barcos
de la Escuadra, Josefina, Isabel y Francisca Casanova
Torres, ilustran la zozobra que se vivió cuando la flota salió del puerto
de Cartagena en la mañana del 5 de marzo de 1939.
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Josefina Casanova Molina en los años 50 (archivo familiar de su nieta Laure Durand) |
Eran hijas de un instructor
militar monárquico, pero ellas estaban muy comprometidas con la República.
Tenían 24, 18 y 17 años. Eran mecanógrafa, enfermera y cartuchera en el
Arsenal, respectivamente. Se sintieron
profundamente angustiadas cuando vieron que los barcos salían del puerto, que
la guerra había terminado y que los franquistas entrarían, según se decía, en
cuestión de horas. Su mundo se venía
abajo, así que subieron en el Almirante Jorge Juan, no sin pelear y
aduciendo ser novias de tres marinos de otro buque[11]. Señalaremos, finalmente, que quince de estas mujeres que marcharon con la
flota tenían un oficio, reflejo sin duda de la importancia que la República dio
a la formación de la mujer: eran mecanógrafas, enfermeras, obreras cartuchera
en el Arsenal, modistas, peluqueras e incluso una protésica dental y una
profesora en partos.
Por fin, algunas mujeres marcharon junto a sus maridos a Orán, con la
última ola de exilios en marzo de 1939, a bordo de toda clase de embarcaciones
improvisadas[12]. A veces Orán constituyó también un punto de encuentro antes o después
de la salida de España de los maridos. Por ejemplo, hemos constatado, que del Huntress,
embarcación inglesa procedente de Cartagena, bajaron el 4 de marzo 1939, dos
mujeres de mandos con sus hijos[13]. También llegaron al menos dos mujeres a Orán en el Stanbrook, el
último barco que salió de Alicante, cuando sus maridos estaban ya en Túnez[14].
Mujeres de marinos republicanos
exiliados que se quedaron en España
La gran mayoría quedó atrás y vivió como toda mujer, compañera, familiar
de republicano en aquel momento, es decir, de hombres que fueron fusilados,
represaliados o exiliados. Fueron mujeres invisibles, que se vieron desvalidas
y tuvieron que tratar de sobrevivir, ellas y su familia, en condiciones muy
adversas.
Tenemos numerosas referencias de que, durante los primeros años, no
supieron si sus compañeros habían podido salir de España, estaban en alguna
cárcel o habían sido fusilados con lo cual fueron mujeres de represaliados, sin
que supieran lo que les había ocurrido a sus maridos. Por temor a las
represalias que podrían sufrir sus familiares, los exiliados tardaron en
comunicar con sus familias y lo hicieron generalmente por medio de algún
familiar emigrado a América, a Francia o a través de la Cruz Roja.
Entre las que se quedaron hubo un número consecuente que consiguió
reunirse con sus maridos unos años más tarde, emprendiendo su propio exilio,
especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, es decir que estas salidas se
produjeron en general entre siete o diez años después del fin de la guerra de
España. Sus vías de salida fueron cruzar clandestinamente la frontera con
Francia, o viajar a Argelia y Túnez en condiciones complicadas. Otras marcharon
a Latinoamérica con las dificultades propias para llegar a estos países en
aquellos momentos como fueron la II Guerra mundial y la carencia de embajada de
México en la España franquista.
Nos hemos interesado en particular por este grupo de mujeres por la
diversidad de experiencias que vivieron y porque constituyen, sin duda, la
prolongación del exilio político de 1939 y por la escasez de documentos que
plasmen este exilio poco estudiado.
Las mujeres
que, al cabo de los años, consiguieron salir de España para reunirse con sus
compañeros en el exilio, constituyen un grupo heterogéneo e incluso puede
parecer de «contornos imprecisos» (Yusta, 2005: 6) por la variedad de
situaciones que vivieron, pero, en realidad, a grandes rasgos siguen un patrón
similar[15].
Sus edades
oscilaban entre los 24 y los 43 años en el momento de acabar la guerra y la
media de edad era de 27 años en ese momento. Cuando emprendieron su propio
exilio, habrá que situar la media en torno a 34 años, aunque ya veremos que las
circunstancias de su exilio fueron diversas y que se realizaron en momentos
distintos. En su gran mayoría eran casadas. Vivían y provenían mayoritariamente
de un medio urbano: Ferrol, Málaga o Cartagena. De los setenta y ocho casos de
mujeres estudiados, cincuenta tenían hijos, es decir un 64%.
La mayoría
poseían estudios primarios y también había entre ellas mecanógrafas[16], alguna
maestra[17] o una
fotógrafa[18], profesiones
que habían abandonado al casarse.
Antes del exilio de sus maridos o compañeros eran fundamentalmente
amas de casa, no habían tenido necesidad de trabajar. Sus maridos
pertenecían a un sector social medio cualificado, lo que suponía que incluso
entre las más modestas categorías de la Armada, como los fogoneros, las mujeres
no necesitaran trabajar. De hecho, algunas precisaban al contar sus vivencias
de la posguerra, que nunca habían trabajado para recalcar que era un mundo que
desconocían.
Con el exilio de sus compañeros, cambiaron una situación social media
para vivir a menudo al límite de la supervivencia. Se quedaron “solas” (según
los criterios de la época) en los peores tiempos de hambre y de miseria de la
posguerra cuando se desató una represión y un control social y policial en todo
el país sin precedentes en España, particularmente con respecto a las mujeres.
Y, a la vez, tuvieron que sacar adelante a sus hijos, madres, hermanas o
suegros, con los que más tarde emprendieron su particular exilio. Se
convirtieron en el único puntal del grupo familiar
Fueron mujeres que se quedaron en
numerosos casos ni solteras ni viudas ni casadas ya que los matrimonios que se inscribieron sólo en el Registro Civil[19], quedaron automáticamente anulados
y los niños fueron despojados del apellido paterno.
Por
ser mujeres, madres o hermanas de antifranquistas, fueron
estigmatizadas, rechazadas, amenazadas,
encarceladas, torturadas, condenadas y ejecutadas, fundamentalmente por su vínculo familiar,
como si fuera de por sí un delito.
Creemos
que esta investigación es relevante para conocer cómo mujeres sin recursos
ligados a redes políticas, sociales o financieras, sobrevivieron a las duras
condiciones de vida de toda mujer de vencido en la España de la posguerra y
que, además, encontraron los medios y el coraje para marchar al exilio.
Exclusión social, vejaciones,
amenazas e interrogatorios
La dictadura las estigmatizó y marginalizó, sufrieron exclusión social desde negarles públicamente el saludo hasta la exclusión de su propia
familia. Se convirtieron en apestadas.
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Isabel Buforn Lledó el día de su boda en 1923. (Archivo familiar David Giacobbi).
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Isabel Buforn Lledó, a partir del exilio de su marido, «sólo era recibida por la puerta trasera ya que nadie quería que la vieran con ella en Cartagena» [20]. Algunas
tuvieron la suerte de ser protegidas por su familia que las ampararon a costa
de vivir en un aislamiento social casi completo[21].
Otras sufrieron exclusión familiar, rechazadas por la propia familia, que
eran adherentes del Nuevo Orden. Esto era perder una protección fundamental en
aquella sociedad exclusivamente patriarcal. Esta situación les impelió a buscar
salidas urgentemente. Fue el caso de Consuelo Ros
Nicolás[22], a quien
su familia cerró su puerta cuando ella se encontró su propia casa destrozada
cuando salió la Flota de Cartagena. Tuvo que irse a Barcelona, acompañada por
un primo, donde nadie la conocía y donde trabajó de niñera y en una fábrica
Queremos señalar que, a menudo, cuando hablan de desplazamientos por
España en aquella época, indican que algún familiar las acompañaba ya que hacer
un viaje solas era seguramente impensable en aquel momento[23].
El hambre que pasaron las clases populares en la
postguerra fue un medio de dominación política (Alía, 2017: 216). Las mujeres
de represaliados políticos sufrieron, junto a sus hijos penurias y miseria y
«pasaron hambre, mucha hambre» [24].
Para subsistir y sacar adelante a los hijos, cuando no
a sus padres o suegros, en aquella España del hambre buscaron trabajo de lo que
podían y a las duras.
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Puri
Torres Alonso en los años 30 en Adra. (Archivo familiar Nicolás Infante Torres). |
Puri Torres Alonso, vivía en
Adra, Almería, un pueblecito donde todos se conocían y se vigilaban. Además de su hija,
se quedó a cargo de su suegra. Puri no tenía oficio, pero consiguió emplearse
en la fábrica de conservas Santa Isabel y aprendió a soldar las tapas de las
latas de conserva y a defenderse del derecho de pernada de los jefes de taller.
Cuando volvía a casa hacía punto para gente conocida, contribuyendo también la
suegra y la niña que, al volver del colegio, ayudaba en esta labor suplementaria
[25]. Generalmente
optaron por trabajos de costura en casas acomodadas, pero como casi nadie daba faena a la mujer de un represaliado, la
mayoría tuvo que marchar a otra ciudad donde nadie las conocía. Carmen Ibáñez Muñoz no se pudo quedar en Cartagena.
Recordaba su hija que «tuvo que marchar a Madrid. Trabajaba cosiendo en casas
adineradas por cinco pesetas diarias y la comida. Las niñas, nos quedamos al
cuidado de su hermana que muchas veces nos llevaba a comer al Auxilio Social.
Le daban la cena en las casas que la empleaban y la traía a casa para nosotras»
[26].
Sacaron para comer de donde
pudieron. Hubo mujeres que para sobrevivir tuvieron que ejercer actividades al
margen de la legalidad. Isabel Buforn Lledó, originaria de Villajoyosa,
Alicante[27], tras
vender los enseres de su casa para sobrevivir se tuvo que marchar a
Villajoyosa, de donde era originaria donde subsistió del estraperlo del
chocolate que fue una forma de enriquecerse del sector de la población que
había apoyado la sublevación pero que también fue utilizada a muy modesta
escala por un sector empobrecido para sobrevivir (Torres
Fabra, 2011). Aunque no fue el caso de Isabel, un elevado porcentaje de
mujeres que fueron encarceladas por delitos sociales en la década de los
cuarenta por ser «modestas colaboradoras del comercio paralelo» (Ginard,
2013:34).
La miseria en la que vivían estas
mujeres y sus hijos, el control sobre su conducta y moralidad quedan reflejados
en la petición de Leonarda Sánchez Gaviña. El 9 de
febrero de 1945 presentó en el Ayuntamiento de Cádiz, en la sección de
“Huérfanos de la Revolución y la Guerra”, una petición para que sus tres hijos
fueran incluidos en el censo de huérfanos ya que su padre estaba desaparecido.
La sección pidió a la guardia urbana un informe sobre «conducta, moralidad y
pobreza» de la solicitante. «El guardia encargado» declaró que era de buena
conducta y moralidad, que «no tiene más medios de vida que la de sirvienta» y
que dos de los hijos no van al colegio por encontrarse enfermos mientras la
hija mediana «se ocupa de los quehaceres de la casa»[28]. En estas condiciones de hambre, la
desnutrición y las enfermedades infecciosas hicieron pronto su aparición
(Ibáñez, 2014).
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Encarnación González Martínez, el día de su boda el 12 de mayo de 1934 con Baltasár Sánchez Huertas. (Archivo familiar Robert Sánchez) |
Como consecuencia de esta situación, algunas sufrieron la
muerte de sus hijos como Encarnación González Martínez
que perdió a su hijo de 5 años (llamado Lenin) en 1940 «de hambre»[29]; Amparo Tendero González, perdió a su hija
Alicia, de 6 meses, enferma de neumonía en marzo de 1939[30]. Encarnación Mondéjar
Gabarrón, mujer del auxiliar técnico Antonio
García Sánchez, perdió a
su hijo José con 18 años en 1942, «como consecuencia de las privaciones de
entonces»[31]. A
la marginación social se añadió una represión «cotidiana», corriente, con
amenazas, registros de sus casas, interrogatorios en comisaría o en el cuartel
de la guardia civil, humillaciones, palizas y vejaciones que no suelen ser
consignados en los archivos correspondientes. Sin duda, estas actuaciones
fueron formas de venganza por no tener a los maridos, hermanos o hijos para castigarlos.
Se puede decir que las mujeres pagaron por los
«delitos» de sus hombres. Lo que Ángeles Égido llama «responsabilidad subsidiaria»
(2011:28). Puri Torres Alonso, fue convocada varias veces por la policía
a comisaría para indagar sobre el paradero de su marido. La amenazaban, la
atemorizaban y le hicieron finalmente firmar un documento en el que renegaba de
su marido y se comprometía a denunciarlo si se ponía en contacto con ella[32]; Manuela Beceiro
Fereiro se quedó con dos niños en Ferrol. Las visitas constantes de la Guardia
Civil con registros de la casa, por si tenía a su marido escondido, la tenían
aterrorizada, teniéndose que ir al campo con sus suegros, donde se sintió más
amparada[33];
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Carmen Martínez Moreno, en Londres en los años 50. (Archivo familiar Mary Rosique Martínez) |
Carmen Martínez Moreno fue
convocada a la Comisaría de Cartagena donde «le llamaron la atención por ser la
mujer de un rojo y le señalaron cartas [de su marido] que estaban expuestas en
un tablero y se las zarandearon y rompieron delante de ella. Ella solo pudo
llorar, pero la dejaron marchar a casa»[34]; Micaela Vila Segura se quedó
con un niño recién nacido en Cartagena y se refugió en casa de sus suegros en
Asturias. Pero su hijo, ya más mayorcito, recordaba que «a casa iba la guardia civil de vez en
cuando, se los llevaban y les daban palizas»[35].
Cárcel, torturas y ejecuciones
El franquismo no dudó en aplicar castigos severos sobre las
mujeres como las torturas, los juicios, el encarcelamiento y las ejecuciones[36].
Aunque algunas mujeres podían tener una militancia política, las acusaciones en
los juicios se basaban fundamentalmente en su participación en la vida pública
y su parentesco con opositores al régimen (Blanco Rodríguez, 2020).
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Josefina Martínez Cinza con su hija Amalia con quien cruzaría los Pirineos clandestinamente 1949. Archivo familiar David y Amalia Fernández Martínez |
Éste fue probablemente el caso de Josefina Martínez Cinza, que sufrió violencia en el
cuartel de la guardia civil donde estuvo detenida 15 días y «donde sufrió mucho
maltrato. Mucho» como recordaba su hija. Luego la
ingresaron en la cárcel donde permaneció sólo seis meses ya que los cargos
contra ella debían ser muy débiles[37].
Con su ejemplo queremos insistir en las palizas que sufrían en el cuartel de la
guardia civil o en comisaría, sin obviar otras violencias más específicas, que
indudablemente no constan en ningún archivo y que sólo se pueden conocer a
través de testimonios o recuerdos familiares. Entre las mujeres estudiadas nos constan algunas militantes
en organizaciones como la CNT, el PCE o su pertenencia al Socorro Rojo
Internacional (SRI.) donde hacían generalmente labores de protección a los
heridos, a los niños huérfanos o de ayuda tras los bombardeos, es decir que su
participación en la vida política solía ser secundaria. Entre las mujeres
estudiadas sólo una, Amelia Jover Velasco fue una activa militante de primera línea de la CNT[38].
En realidad, eran condenadas y castigadas por «la
transgresión de los modelos tradicionales de domesticidad femenina» (Abad y
otros, 2012: 15).
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Elvira Casado Martínez el día de su boda en 1928 en Cartagena. (Archivo familiar Manuel Ramírez Jover). |
Es claramente el caso de Elvira Casado Martínez[39].
Fue una de las dos mujeres condenadas a muerte en Cartagena (Moya, 2015: 271).
Estaba afiliada al PCE, aunque su labor en este partido se limitó «a ponerse un
mono y ayudar a desescombrar las casas alcanzadas por los bombardeos». Al
terminar la guerra fue detenida, encarcelada, juzgada y condenada a pena de
muerte por un tribunal militar, conmutada en 1942 a
30 años de reclusión. El tribunal que la juzgó argumentó contra ella «su
asistencia a una manifestación convocada como reacción a los bombardeos que sufrió
la ciudad donde vociferaba consignas». Éstos son los puntos fundamentales y
oficiales para condenarla a muerte: se manifestó «públicamente» y además
«vociferando», lo cual era un comportamiento inconcebible y considerado
altamente peligroso para la sociedad patriarcal reinstaurada con el franquismo.
Además, fue una «detenida-madre» (Di Fevo,1979:33) ya que fue ingresada en la
cárcel con su hijo menor de 3 años. Todas
las noches, cuando venían a hacer las sacas, temía que vinieran a por ella y le
era intolerable pensar que, además, tendría que abandonar a su pequeño. Cuando
su pena de muerte fue conmutada a perpetua, emprendió «a peregrinación a la que
fueron sometidas las mujeres encarceladas por las prisiones de toda España»
(Égido, 2011:21) y sus hijos fueron entregados a la Casa de la Misericordia. También hubo
mujeres ejecutadas, sin juicio, muertes extrajudiciales (Guinard, 2013, 25-26).
Eulalia Marí
Torres fue una de las 2 únicas mujeres ejecutadas en
Ibiza. El historiador ibicenco Artur Parrón Guasch supone que «habría hablado».
Es decir que suponía que habría manifestado su adhesión republicana
públicamente, lo cual, ya lo hemos visto, era intolerable y falta grave para el
franquismo. Pero es una suposición. Lo que sí es cierto es que Eulalia tenía
dos hermanos, uno miliciano y otro marino que marchó al exilio. Los
falangistas, a quienes se les dio en aquellos años «carta blanca» (Richards,
1999: 55), iban a su casa para preguntar por el paradero de los hermanos,
robando lo que querían en la casa. Una noche se la llevaron a ella, la
violaron, le cortaron su larga trenza y la ejecutaron[40].
Las mujeres que emprendieron su propio
exilio
Finalmente,
parte de estas mujeres protagonizaron su propio exilio[41],
iniciando lo que se podría considerar como una prolongación del exilio
republicano de 1939. Tuvieron el valor y el arrojo necesario para salir hacia
lo desconocido en tiempos difíciles como prolongación del exilio de sus
compañeros a los que no pudieron acompañar en 1939. Se trata de un exilio poco
conocido y poco documentado, pero exilio sin duda. Es cierto que no fueron
reconocidas como exiliadas por los países de acogida, o al menos en pocos casos
(Martínez, A., 2019) sino que fueron asimiladas a inmigrantes. En Francia
pasaron por una época de semiclandestinidad, pero una vez regularizada su
situación, pudieran volver a España para visitar a la familia y salir de nuevo
al extranjero, aunque no olvidemos que las que salieron clandestinamente de
España o sin regularizar su situación, no sabían si lograrían volver. Por el
momento en que se produjeron estas salidas se podría considerar que
participaron del inicio de la última ola migratoria que se dio en España
(Fernández Vicente, 2007) aunque, teniendo en cuenta las situaciones
arriesgadas en que se efectuaron parte de estas salidas, es difícil hablar de
emigración estrictamente.
Planteamos un
ámbito ambiguo entre exilio y emigración (Ortuño, 2013), aunque
sin duda consecuencia del exilio de 1939. Esta expatriación fue debida sin duda
al deseo de reagrupación familiar, pero no podemos olvidar otros motivos que
propiciaron la salida como el temor a volver a ser encarceladas, apalizadas,
juzgadas, a sufrir registros constantes de su casa, a ser detenidas,
controladas incesantemente, a no tener trabajo para comer y ser rechazadas
socialmente, es decir el temor a la represión policial y marginación social y
económica que se cebó particularmente con las mujeres en la primera España
franquista, tal y como hemos visto. Por todo ello, además del factor familiar
no debemos olvidar la represión que sufrieron y que las empujó, como forma de resistencia,
a abandonar una España opresiva.
Fue un exilio
fragmentado, prolongado en el tiempo y casi siempre tardío. Fue fragmentado
porque se produjo a partir de salidas individuales[42]
que no tuvieron el carácter masivo del ocurrido como consecuencia directa de la
guerra. Fue tardío por varias razones. En primer lugar, la Segunda Guerra
Mundial no favorecía los viajes al extranjero y aunque se produjeron fueron
escasos[43].
Por otra parte, las mujeres tardaron años en saber que sus maridos habían
podido salir de España, es decir que no estaban encarcelados o fusilados y que
tenían la posibilidad de reunirse con ellos. Por temor a las represalias contra
las familias, los exiliados tardaron en encontrar el medio de comunicarse con
sus allegados en España de forma discreta y segura para ellos. Por fin, como
hemos visto, en numerosas ocasiones, las mujeres abandonaron su casa, buscando
trabajo o protección en otros lugares fuera de su hogar y eso retrasó o incluso
imposibilitó el contacto. Fue el caso de Josefina
Valverde Belmonte que, de Cartagena marchó a Murcia con sus padres y con un
niño de 3 años donde pudo trabajar cosiendo por un plato de comida. Su marido,
tardó 6 años en poder conocer su nueva dirección[44].
Fue un exilio
tardío y prolongado en el tiempo porque, como ya hemos indicado, la situación
de conflicto en Europa hasta 1945 no favoreció los desplazamientos
extrafronterizos. De hecho, en los casos estudiados los viajes se produjeron
mayoritariamente entre 1947 y 1950. Los años de separación media entre marido o
compañero y las mujeres fue de siete años en el grupo estudiado. Había niños y niñas de 12 años
que no conocían a su padre por haber salido éste de su casa – sobre todo en
Galicia- en 1936 para no volver.
Hubo
situaciones en que la separación se prolongó más de lo impensable.
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Manuela Beceiro Fereiro, en la Colonia San Ángel en 1957 (Archivo familiar Verónica Salido Mosquera) |
Fue el caso
de
Manuela Beceiro Fereiro que no pudo reunirse con
su marido en México hasta 1957, tras 15 años de separación, porque el dinero
que éste ganaba no daba para traerse a su mujer y sus 2 hijos. Al llegar a
México José Mosqueira fue mandado a la colonia San Cristóbal de las Casas en
Chiapas, en condiciones muy difíciles
[45].
Con el primer dinero que pudo ahorrar se trajo a México a su hijo mayor en 1949
y, trabajando los dos, pudieron reunir el dinero para traer a la madre y a la
hija cuatro años después
[46].
Otro caso de larga separación fue el de
Consuelo Fontán,
con 2 hijas, que, tras complicados avatares de su marido en su exilio, sólo
pudieron reunirse en 1962 en La Habana, tras 23 años de separación
[47].
Elvira Casado Martínez, después de salir de la
cárcel de Málaga en 1947 en libertad provisional y tener que presentarse en el
cuartel de la Guardia Civil todos los meses durante casi 10 años, pudo agrupar
a sus tres hijos y reunirse con su marido, el fogonero Fulgencio Jover, en 1957
en Casablanca, 18 años después del fin de la guerra
[48].
Las dificultades para emprender un exilio en plena posguerra fueron
enormes. La frontera con Francia estuvo cerrada hasta 1950, alcanzar Argelia o
Túnez acarreaba grandes problemas documentales y logísticos y cruzar el océano
para llegar a Latinoamérica tampoco era fácil, teniendo en cuenta las
condiciones de precariedad en las que las mujeres vivían en general y los
problemas para conseguir un pasaporte.
Sólo para desplazarse por el territorio, durante la posguerra, se
necesitaban justificantes, permisos y autorizaciones y las mujeres necesitaban
de un acompañante masculino para no atraer sospechas ya que en el franquismo la
mujer estaba siempre tutelada por un varón.
Hubo otros factores que dilataron la salida de España. Para obtener
pasaportes las mujeres necesitaban tener una carta de llamada que emitía la
embajada de España del país donde estaban los maridos exiliados. Presentarse en
la embajada de la España franquista era algo difícil para los exiliados y en
algunos casos insalvable por su militancia[49].
A Francia, al estar cerrada la frontera, sólo podían pasar clandestinamente,
atravesando los Pirineos por los pasos de Cataluña o del País Vasco con un
guía. Para aquellas que querían ir a México, hay que recordar que México y la
España franquista rompieron las relaciones diplomáticas desde 1936 hasta el 28
de marzo de 1977.
Otro aspecto a tener en cuenta es que, si habían sido simplemente pareja,
novios o se habían casado ante el registro civil en zona republicana durante la
guerra, tenían que casarse por la iglesia para estar realmente casados y
justificar su interés en reunirse con su marido, teniéndolo que hacer por
poderes. Este trámite podía ser largo y complicado. Isabel
Navarro Giménez con una niña, se casó por poderes para reencontrarse con su
compañero, pero los trámites fueron tan interminables y dificultosos que ni siquiera
pudo emprender el viaje ya que su marido murió en 1945 en Túnez[50].
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Victoria García Izquierdo, embarcada en Barcelona en 1949, camino de México. (Archivo familiar Vickie G. Jaén Torres). |
Por
complicaciones con los trámites, nos consta que María
Vidal Araujo, novia del marinero oficinista Faustino García Puga prefirió
marchar soltera a Chile[51] y lo
mismo hizo Victoria García Izquierdo, novia del
radiotelegrafista Rafael Torres Toimil, para casarse en México[52].
Se dieron también algunos casos curiosos como era casarse por poderes con
algún refugiado que no conocían directamente. Los exiliados preferían casarse
con una española, lo cual era excepcional en Túnez o Argelia, si exceptuamos
las hijas de otros compañeros que habían podido traer a su familia. Sabemos del
caso de Dolores Molines Bañón cuyo futuro marido, el
suboficial de artillería Rafael Dasí Navarro, la conoció a través de una
foto exhibida por su hermano, marino y exiliado en Túnez, emprendiendo una correspondencia
que terminó en boda por poderes[53].
Finalmente, pero no por ello menos importante, se necesitaba mucho dinero
para mover papeles, sobornos, permisos, para pagar a los guías clandestinos y
para pagar trenes o barcos. Ellas, con sus trabajos precarizados, difícilmente
podían costear tales gastos y eran generalmente los maridos los que hacían
llegar el dinero por medio de cadenas de ayuda y solidaridad que hicieron
posible estos desplazamientos.
Hacer llegar dinero a la familia en España era obviamente complicado.
Algunos escondían pequeñas cantidades en las cartas, pero no siempre llegaban[54]. Uno de
los sistemas utilizado era un entramado algo complejo: un exiliado le daba una
cierta cantidad de dinero a otro exiliado y la familia de éste, en España, le
daba esa cantidad a la mujer o a la madre del primer exiliado[55]. Otro
sistema que hemos conocido a través de cartas conservadas por la familia fue
hacer llegar el dinero a través del familiar de un refugiado en Túnez que vivía
en Francia y para quien era posible hacerle llegar «de la forma convenida» la
cantidad de dinero que necesitaba para hacerse el visado[56].
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| Ana María Rico en Marsella en 1952. Archivo familiar Angelita Méndez Rico |
Y no podemos ni imaginar qué compleja red utilizaría el fogonero preferente Antonio Méndez Pérez, que, desde Túnez conseguía hacer
llegar a su mujer Ana María
Rico Méndez y a sus tres hijos algún paquete por medio del autobús
de línea de Mazarrón, Murcia, donde vivían.[57] Para facilitar y pagar por adelantado el viaje en tren en
Marruecos, Argelia y Túnez, los exiliados recurrían a una red de amigos
refugiados, de personas solidarias y de ferroviarios franceses para facilitar
la llegada de las mujeres y familias planificando minuciosamente el viaje en el
Norte de África y pagando por adelantado los trenes que debían coger.
Encontrar y pagar a un guía para pasar la frontera con
Francia clandestinamente, suponía desplegar igualmente, tanto por parte de los
exiliados como por parte de las mujeres que querían salir, toda una red de
informantes y de apoyos, de casas donde hospedarse antes de pasar la frontera y
después de pasarla, donde necesitaban un punto de apoyo para seguir[58]. También
se dieron casos de solidaridad entre mujeres que querían cruzar fronteras.
Pepita Martínez Cinza pagó al guía que le ayudó a pasar clandestinamente la
frontera a Francia por otra mujer republicana y su niña que no tenía el dinero
requerido y que conoció en Barcelona mientras buscaba salir de España.
Como la mayoría de los marinos se exiliaron al norte de África, el
colectivo más importante de mujeres que hemos estudiado se expatrió a Túnez,
Argelia o Marruecos (Casablanca) pero los caminos y dificultades de las mujeres
de republicanos exiliados que quisieron reunirse con sus maridos fueron sin
duda parecidos.
Los viajes eran verdaderas odiseas: largos, complicados y
generalmente con el dinero justo. La hija de Manuela
Collado López, recordaba que tardaron once días desde Ferrol hasta Túnez.
Tras cruzar toda España, el tren llegó con nueve horas de retraso a Málaga y
perdieron el barco hasta Melilla. Cuando llegaron por fin a la frontera de
Marruecos en Melilla, el aduanero le quitó lo único que Manuela había podido
llevarle a su marido tras 8 años de separación: un par de calcetines. Tras
cruzar Argelia finalmente llegaron a Túnez[59].
Las mujeres utilizaron todo tipo de
transportes para conseguir llegar a destino. Nati del Cerro Pérez cogió en 1942
con sus dos hijos un barco en Cartagena y, navegando de noche, hizo escala en
Almería, siguieron hasta Málaga, desde donde cogieron otro barco para Melilla.
Allí se quedaron cuatro días hasta coger un autobús hasta Oujda, el paso
fronterizo, siguieron hacia Orán y por fin llegaron a Túnez en tren[60].
María Evaristo López, la mujer del auxiliar de Artillería Juan Román Jiménez,
el mismo día en que consiguió tener el pasaporte en mano, recogió a su hija de
10 años, subió al primer autobús que salía hasta Vigo, embarcó en un buque
hacia Cádiz y desde esta ciudad un tren de pescado las llevó hasta Algeciras,
alcanzando Tánger en barco y después Casablanca, terminando el resto del viaje
en tren hasta Túnez[61].
Purificación Torres Alonso, fue pasando por todas las ciudades costeras del
Magreb en autobús hasta Bizerta. El viaje, de varios días, «fue agotador»[62].
Hubo también recorridos poco comunes como el de Consuelo Ros Nicolas,
mujer del fogonero Domingo Aledo, que embarcó desde Barcelona donde trabajaba,
a Córcega y de allí a Túnez, nueve años después de la partida de su marido[63].
Para irse a Inglaterra, donde estaba su marido tras enrolarse con los
ingleses durante la II Guerra Mundial, Carmen Martínez Moreno se subió en un
mercante lleno de naranjas que estaba atracado en el puerto de Cartagena e iba
a Inglaterra. El viaje duró 8 días, que ella recordaba agónicos[64].
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Victoria Díaz Alcázas en 1949 en Hendaya, Francia, recién cruzado el Bidasoa. (Archivo familiar Victoria Fernández Díaz) |
Hacia Francia algunas marcharon clandestinamente en barquito[65], o cruzaron la frontera catalana[66] o pasaron
por Euskadi. Victoria Díaz Alcázar, la
mujer del teniente de navío (ENP) José Fernández Navarro, cruzó
clandestinamente el Bidasoa de madrugada, con el agua por encima de la cintura,
tras presentarse una noche un guía vasco en casa de sus padres, con quienes
vivía en Cartagena[67]. Los exilios a Latinoamérica tuvieron dificultades
económicas, pero también administrativas por la ruptura diplomática entre
México y la España franquista. Algunas
pasaban por Portugal donde la embajada de México en Lisboa debía expedir
el visado[68] En otros
casos salvaban el escollo pasando por Francia[69].
Algunos viajes se hacían más complicados, como el de Mercedes Hernández Cardona
que llegó a Nueva York en barco en tránsito hacia Cuba y desde allí a México
para reunirse con su marido[70].
Mayoritariamente las mujeres se reunieron con sus maridos o pareja en México[71], pero
también hubo reuniones, que sepamos, en Chile[72]
y Venezuela[73].
Estas mujeres se iban con sus hijos, por supuesto, lo cual no dejaba de
ser arriesgado y valiente. También marchaban con sus padres, hermanas o suegros
de los que ellas eran el soporte y que no podían abandonar. Isabel Buforn
Lledó, cruzó España, Marruecos, Argelia y Túnez con dos hijas, su hermana y su
madre. Su hermana, Vicenta, que vivía con ella y era maestra de la República
había sido encarcelada después de la guerra en el penal de Chinchilla y le
estaban abriendo un nuevo expediente para volverla a inculpar. La salida de
Isabel, maestra, con su madre, también maestra, y su hermana era una cuestión
vital[74]. Josefa
Segura Jiménez, se fue a Túnez en barco con sus suegros y su cuñada. Su suegro
había sido oficial de carabineros, depurado y encarcelado durante unos años y
probablemente era una familia a la deriva, como les pasó a tantos perdedores,
sin posibilidad de trabajar y perseguido[75].
No son casos únicos[76].
Reflejo de las dificultades que tenían que sobrellevar, hubo viajes
fallidos como el de Manuela Collado López, mujer del maestro zapatero del
crucero Libertad José González López, que realizó un primer intento
frustrado en 1946, después de vender todo lo que tenía en su piso de Ferrol. En
Melilla no le dejaron salir de España. Lo volvió a intentar en 1947 con mejor
fortuna[77].
Encarnación González Martínez acometió por dos veces el cruce de los Pirineos
con sus dos hijos. La primera la detuvieron y la devolvieron a Cartagena. La
segunda vez, en 1950, lo consiguió, pero le quitaron el dinero y se tuvo que
quedar meses en Marsella, en casa de una familia, «que por supuesto era de los
nuestros»[78], cosiendo
hasta reunir el dinero para alcanzar Orán, donde estaba su marido. Fue una
separación de 12 años.
Hubo también reencuentros dramáticos, como el de Nati
del Cerro Pérez que marchó a Túnez con sus dos hijos en 1942. Al año
siguiente, con una bebé recién nacida, su marido murió de manera repentina de
un infarto. Nati tuvo que volver a España con 3 niños[79]. Con este caso, que no fue único, queremos
subrayar las dificultades con las que se encontraron incluso después de la
reunión anhelada.
Conclusión
Este estudio nos ha permitido examinar las diversas experiencias de las
mujeres de los marinos exiliados en 1939.
En primer lugar, hemos observado que las que se exiliaron con sus
maridos en 1939 tuvieron experiencias duras ya que, en la mayoría de los casos,
estuvieron solas y responsables de hijos o familiares mayores y – no lo
olvidemos- porque ningún exilio es
asumible.
Las que se quedaron en España vivieron una postguerra difícil por la represión que sufrieron en un país donde
las mujeres eran tuteladas por maridos, hermanos o padres, sin quienes no eran
nadie. Nos ha parecido relevante la represión cotidiana, corriente,
ordinaria como fue la exclusión social, las vejaciones, las amenazas e
interrogatorios en cuarteles o comisarias que sufrieron. Es una represión prácticamente invisibilizada de
la que queda poca documentación y estudio y que merecería una mayor atención. Estas represalias fueron similares a las sufrieron cualquier mujer de republicano y represaliado. Es
decir, semejantes a las que padeció un sector más amplio de la población. También sufrieron una represión
institucionalizada con juicios, cárcel, condenas de muerte o ejecuciones que
hemos tratado a través de las experiencias personales y de su impacto en al
ámbito familiar.
Por fin, esta investigación se ha centrado en el movimiento de exilio que
emprendieron buen número de estas mujeres, sobre todo entre 1945 y 1950, Este fenómeno
se enmarca entre el exilio y la migración, a la vez es una muestra de la
resistencia que ejercieron estas mujeres por la resolución y el coraje que
emplearon para salir de una España asfixiante y represiva en condiciones difíciles, a veces peligrosas. Es un fenómeno escasamente estudiado, poco documentado,
en el que sería necesario profundizar cuantitativa y cualitativamente, para
permitir un relato más complejo del exilio y que afectó sin duda a un importante
tramo de mujeres «del común».
Por haber sido grandes olvidadas, este estudio nos parece pertinente al sacarlas
del plano secundario o invisible en el que vivieron, recuperando a través de
los datos esenciales de su biografía, una parte de su identidad, realidad y
dignidad.
Al cabo, este estudio sobre las experiencias de mujeres «corrientes» en el entorno del exilio, permite explicar y entender mejor el
propio exilio de 1939, y también permite considerar n aspectos que
intervienen en las trayectorias de las protagonistas de otros exilios políticos y en otros contextos.
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