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Victoria Díaz Alcázas y José Fernández Navarro en 1948,
cuando se casaron por 2º vez en Francia.
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Hace unos días, de vuelta de Burdeos,
al pasar por Irún crucé el Bidasoa por un puente. Es un río ancho, muy
caudaloso y amarillo y sucio, al menos en estos días. Por algún paso menos
ancho y profundo pasó mi madre la frontera en 1948, cruzando este río con el
agua por encima de la cintura. El guía les había advertido: si alguien
resbalaba había que dejarlo ir, sino se ahogarían juntos. A ella, que era la
más joven, la llevó cogida del brazo durante la travesía.
En la madrugada del 5 de marzo de
1939, su marido, el teniente de navío del nuevo Cuerpo de la Marina Republicana,
José Fernández Navarro, había marchado al barco, “a ver qué pasaba”, ya que había rumores de que la quinta columna
había cogido las calles de Cartagena y paraba a los marinos. Pero, aseguró a su
mujer, Victoria Díaz Alcázas, “no te preocupes, estoy de vuelta para que
desayunemos juntos a las nueve”.
Siete años pasaron antes de que se
pudieran tomar ese desayuno juntos.
Mi madre, protegida por su hermana y
su cuñado, falangistas de pro, sobrevivió en casa de sus padres como una
señorita bien de provincias, ni soltera ni viuda ni casada puesto que su
matrimonio civil había sido anulado. Encerrada en casa, sólo salía a pasear
algunas tardes, cogida del brazo de su hermana y su cuñado. Tuvo “suerte” ya que no fue fácil ser la mujer
de un “rojo” en la España de la
posguerra.
Para
subsistir, muchas mujeres recurrieron a las labores. Pero estaban
estigmatizadas y nadie les daba trabajo. Por eso, en general, tuvieron que marchar
donde no las conociesen.
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Josefina Valverde con su hijo José. |
Josefina Valverde, mujer del auxiliar alumno de artillería Alfredo Martí, se
quedó sola y con un hijo pequeño (1). “Nunca había trabajado pero yo
sabía coser y me ofrecía a coser en las casas. Pero nadie me daba trabajo. Me
tuve que ir a Murcia. Pasé mucho.”, recordaba años después.
Carmen Ibáñez Muñoz, la mujer del oficial radiotelegrafista Francisco López Estrella, tampoco
pudo quedarse en Cartagena. Recordaba su hija (2):
“Tuvo que marchar a Madrid. Trabajaba cosiendo en casas adineradas por
cinco pesetas diarias y la comida”. Las niñas, nos quedamos al cuidado de una
tía. Muchas veces íbamos a comer al Auxilio Social”.
El terror que reinó en la posguerra franquista las persiguió, aunque no hubieran tenido ninguna actividad política. Se las persiguió por sus vinculaciones familiares.
Micaela Vila (3), esposa del marinero
Onofre Valera, sufre su particular
tragedia que cuenta su hijo:
“Se quedó sola conmigo en Cartagena. Se fue a Asturias, a casa de sus
suegros para salir adelante. A casa de los abuelos iba la guardia civil de vez
en cuando, se los llevaba, les daban palizas”.
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Carmen Martínez
Moreno y su marido José Rosique Solana en Inglaterra.
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Carmen Martínez Moreno era la mujer del
marinero José Rosique Solano, cocinero en el “Gravina”. Tardó 3 años en saber que seguía vivo a través
de una discreta postal mandada a un familiar desde Kasserine, en Túnez, en la
que preguntaba por la salud de su “prima”
Carmen. Un día, en
Cartagena, la llamaron de Comisaría. Acudió, atemorizada. Su hija recordaba (4) que,
“le llamaron la atención por
ser la mujer de un rojo y le señalaron cartas de mi padre que estaban expuestas
en un tablero y se las zarandearon y rompieron delante de sus narices sin que
ella las pudiera ni leer. Ella solo pudo llorar, pero la dejaron
marchar a casa”.
Josefina Martínez
Cinza, esposa del auxiliar alumno
de Artillería David Fernández Dopico, sufre
cárcel. Su hijo cuenta (5):
“En 1947, ocurrió algo
terrible e inesperado. Una tarde vinieron a casa de mi madre y de sus dos
hermanas tres miembros de la guardia civil y se las llevaron presas. Son
llevadas al Cuartel de la Guardia civil de Jubia y detenidas durante 1 mes. Son
interrogadas y tratadas brutalmente. Luego son destinadas a la cárcel donde
permanecieron 6 meses.”
Todas comprenden que corren peligro.
Pero salir de España en la década de los 40’ no es fácil. Se necesitan
permisos para circular dentro de España, las fronteras con Francia están
intermitentemente cerradas, no tienen dinero y no es fácil obtener papeles sin
avales.
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Pepita Martínez Cinza con su hija mayor en mayo de 1942.
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Es lo que intentará hacer
Josefina Martínez Cinza, según narra
su hijo (6).
“en el año 1949, tras viajar en tren
[…] llegó por fin a Barcelona acompañada de un familiar. Se alojaron en un
hostal durante un mes tratando de arrancar la documentación para cruzar la
frontera. Rechazada la tramitación de la documentación y acompañados de un guía
marcharon hacia Francia pasando clandestinamente, de noche, a través de
carreteras con su hija” ... “Pasaron un mes en Perpignan en una especie de
campo de concentración hasta que obtuvo el "Certificat d'identité et de
Voyage" y embarcaron en Port-Vendres el 15 de octubre de 1949 hacia Oran.”
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Encarnación González Martínez y Baltasar Sánchez Huertas. el día de su boda en 1934. |
Encarnación Gónzález
Martínez (7), esposa del cabo fogonero Baltasar Sánchez
Huertas, intentará pasar la frontera en 1947 con sus dos hijos, siendo detenida.
Con mucha suerte pudo volver a Cartagena. Lo logrará en 1950 aunque en la
frontera le quitaron el dinero que llevaba y aún tuvo que esperar en Marsella
casi un año para poderse reunir con su marido que estaba en Oran, doce años después. Durante esos años, Encarnación vivió trabajando en la alpargataría de su padre, que estaba en la cárcel de Hellín. Vinieron a buscar a su hijo que "estaba de vacaciones pagadas por el Estado francés en Argelès-sur-Mer" y por no
volver con las manos vacías se llevaron al padre.
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Vistas del río Bidasoa tomadas desde Hendaya, en Francia, por el teniente de navío José Fernández Navarro. Se distingue la caseta y el guardia civil al lado |
Victoria Díaz Alcázas, la esposa del teniente José Fernández Navarro, también pasa la frontera
clandestinamente (8):
“Una noche de
octubre de 1937 llamó a la casa [en Cartagena] un vasco. Traía un anillo de mi
marido como prueba de que venía de su parte. Era un guía. Acudía a buscarme
para pasar a Francia clandestinamente ya que la frontera estaba cerrada. Al día
siguiente nos marchamos con una maletita pequeña hasta Madrid donde recogimos a
dos jóvenes condenados a muerte y que huían.
Viajamos en el tren, separados, como si no nos conociéramos, hasta Irún.
Seguimos hasta Martutene donde dormimos en un caserío. Allí dejamos el
equipaje, no podíamos ir cargados. Había una habitación entera llena de
maletas. Al día siguiente, al anochecer, después de esperar a otro fugado, cogimos
un trenecillo que nos dejó en una estación perdida en la montaña. Dejamos los
zapatos y nos calzamos alpargatas para no hacer ruido al caminar. Emprendimos
la marcha en silencio hasta que el guía nos conminó a echarnos al suelo, junto
a un caserío, mientras él iba a ver si el camino estaba libre. Se fue, arrastrándose
por el suelo y se lo tragó la oscuridad. Mudos, pegados a la pared de la casa
esperamos. Los minutos se hacían eternos. Aún recuerdo que dentro de la casa se
oía el tic-tac del reloj de pared. Al rato volvió el guía: «Ahora, seguidme»
susurró. Nos tiramos por un terraplén y apareció el río Bidasoa. Nos metimos en
la corriente, con el agua hasta más arriba de la cintura, por un vado. La
corriente era tan fuerte que un pequeño resbalón era la muerte. La víspera, la
guardia civil, metida hasta la mitad del río, tiroteó y mató a una mujer con su
hijo en brazos. El guía nos avisó de que cuando llegáramos a la otra orilla
corriéramos a escondernos detrás de los arbustos porque la guardia civil, a
veces, no tenía empacho en matar aun estando ya en territorio francés”
Algunas estaban casadas civilmente o sea un matrimonio “nulo a todos los efectos” en la España
franquista. Se tuvieron que casar de nuevo por poderes. Esto permitía
justificar la petición de pasaporte.
Josefa
Martínez Paredes, la mujer del auxiliar alumno de artillería Félix Agüera, tiene,
además, que comprometerse por escrito a traer de vuelta a España a su marido.
Llegó a Túnez en 1949 con su hija que sólo tenía meses cuando su padre tuvo que
exiliarse (9).
José González López con Manuela Collado López y su hija Mª Luisa González
Collado en Túnez en Ferryville (actualmente Menzel Bourguiba) en 1950.
Mª Luisa González Collado (10), hija del zapatero del "Libertad", José González López, cuenta el viaje que emprendieron junto a su madre, Manuela Collado López:
“Mi madre se quedó con tres hijos sola. En el 47 nos
fuimos a Túnez, donde estaba mi padre. Tardamos 11 días. Fuimos a Melilla,
pasando la frontera del Marruecos español por Oujda. Cruzamos Argelia y
llegamos a Túnez en tren. Mi padre fue a buscarnos. Esa noche dormimos en la
casa en Ferryville. Ese día conocí a mi padre. Cuando se fue yo tenía tres
años”.
Carmen Martínez Moreno, la esposa del marinero cocinero José Rosique Solano, también se plantea
irse a Inglaterra que es donde está su marido después de luchar con los
ingleses durante la IIª Guerra Mundial. Nos lo explica su hija (11):
“Carmen tardó un largo año en hacerse el pasaporte, cuando se entera un día
que un barco cargado de naranjas salía del puerto de Cartagena, hacia Londres.
No se lo pensó dos veces, cogió una pequeña maleta, se despidió de su familia y
¡se embarcó!
Aquel viaje de 8 días fue una odisea para ella”.
María Evaristo López (12), la mujer del auxiliar 2º de Artillería Juan Román Jiménez, consiguió
un pasaporte engañando y sobornando (mediante mucho dinero) a un comisario de
policía. Recuerda su hija, Mª José, que tenía seis meses cuando su padre se tuvo
que exiliar y que no lo conoció hasta 10 años después:
“En el mismo
momento que lo tuvo en la mano, me fue a buscar, cogió el primer autobús desde
Pontevedra hasta Vigo, embarcó en un buque hasta Cádiz y desde esta ciudad un
tren de pescado nos llevó hasta Algeciras. Alcanzamos Tánger en barco y después
Casablanca. De aquella ciudad recuerdo sobre todo el pan blanco que veía y
comía por primera vez. Después alcanzamos Túnez y yo, que tenía 6 meses cuando
terminó la guerra de España, pude al fin conocer a mi padre, diez años
después”.
Hubo mujeres
condenadas a muerte o a largas penas de cárcel y “La función maternal fue utilizada como forma específica de castigo ‘de
género’ sobre las mujeres presas” (13). Los niños pequeños ingresaban junto
a la madre en las cárceles o eran entregados en adopción o a instituciones
religiosas.
Entre las mujeres de los marinos tenemos el caso de Elvira Casado Martínez (14), esposa del cabo fogonero
Fulgencio Jover Fernández, que rememora su nieto, Manuel Ramírez Jover:
“Elvira,
fue detenida en Cartagena en el segundo semestre de 1939. Encarcelada en la Prisión
de la ciudad de Cartagena. Fue juzgada sin asistencia letrada y condenada a dos
penas de muerte por un tribunal militar de forma sumarísima. Considerada
como elemento subversivo y peligroso. Tenía 2 niñas y un niño que, al ser muy
pequeño, la autoridad militar le permitió que estuviese con ella en la cárcel.
Mientras estuvo presa en Cartagena mi madre [ una de las hijas de Elvira] iba a
verla y en más de una ocasión mi abuela la escondía con la colchoneta y pasaban
la noche juntas. Contaba mi abuela el
terror que pasaban de noche cuando de madrugada sacaban a presos para
fusilarlos, siempre pensó que alguna de esas veces sería su turno. A mi abuela
la trasladaron a una cárcel de Gerona en trenes de mercancías al más puro
estilo nazi. También estuvo en Tarragona y por último en la cárcel de mujeres
de Málaga. Esta situación desembocó con el internamiento de sus tres hijos en
el colegio de la Misericordia de Cartagena. En ese momento, mi madre con 9
años, mi tía con 11 años y mi tío con unos 5, perdieron de vista a sus padres,
aunque mantuvieron con ellos una exigua correspondencia. A mi abuela Elvira le
conmutaron las dos condenas de muerte por 30 años y un día. Su libertad
condicional se produjo en Málaga el 10 de agosto de 1944 pero tuvo que
permanecer en Málaga [su última cárcel] presentándose ante la autoridad todas las semanas hasta una década después. No fue hasta 1957,
cuando pudieron viajar a Casablanca para por fin reunirse como familia”.
El exilio de las
mujeres no termina, por supuesto, con su salida del país. A partir de ese
momento, en realidad, empieza otra historia que es la adaptación a un país, una
sociedad, unas costumbres que no eran las suyas.
Empiezan otras luchas, otra etapa del interminable exilio.
PS: si alguien sabe el recorrido de la mujer de algún marino, puede contactarme y la incluiré en esta entrada.
(1) Entrevista a Josefina Valverde el 31 de enero de
2006.
(2)
http://exiliorepublicano.org/carmen_lopez.html#inicio y entrevista con Carmen López Ibáñez y José
Carlos López Ibáñez, sus hijos, el 13/10/2006 y 14/11/2006.
(3) Carta de Manuel Varela Vila, su hijo, del 25/10/2010
y el blog http://leyendaehistoria.blogspot.com/2010_09_01_archive.html
(4) Correo de su hija Mary Rosique el 10/07/2010.
(5) Conversaciones telefónicas con su hijo David
Fernández Martínez el 06/03/2007 y el 26/12/2018, correo electrónico de 29 de
diciembre 2018.
(6) Enrique Barrera y Bruno González (Coord.), (2007). Retallos da Memoria. EQUONA Deseño
Editorial, S.L. y conversaciones telefónicas con su hijo David Fernández
Martínez el 06/03/2007 y el 26/12/2018 y correo electrónico el 29/12/2018.
(7) Relato de su hijo Roberto Sánchez, correo electrónico
de 2012 y 2014 y correo electrónico de su sobrina-nieta Pilu Sánchez Soriano que tuvo la amabilidad de facilitarme la foto.
(8) Conversación con Victoria Díaz Alcázar en enero 2007.
(9) Conversaciones telefónicas con su hijo Félix Agüera
Martínez y correspondencia por mails desde el 22/08/2009 hasta 28/12/2018.
(10) Carta de M.ª
Luisa González Collado el 04/02/2007.
(11) Correo electrónico del 10/07/2010.
(12) Entrevista con su hija el 25 de agosto de 2006 y el
7 de octubre de 2007.
(13) Ana Aguado y Vicente Verdugo, (2011), “Las cárceles
franquistas de las mujeres en Valencia. Castigar, purificar y reeducar”, Studia
Histórica, Historia Contemporánea, nº 29 pp. 55-85; p. 72
(14) Correos electrónicos de su nieto,
Manuel Ramírez Jover, en 2009, 2014 y 2019.