domingo, 8 de julio de 2018

Francisco PUIG, morir en Kasserine

Francisco Puig y su hija en Cartagena en 1937. Archivo familia Uris Puig




La hija del Oficial Segundo Naval de la Reserva Naval, Francisco Puig  pasó toda su vida intentando saber qué había sido de su padre ...

... “sin obtener ningún resultado, por no saber dónde dirigirse ni a quien recurrir. Nos contaba como salió de Cartagena en 1939 con la escuadra republicana y que ya no supo más hasta que un día recibió una carta en la que un compañero de mi abuelo le comunicaba su muerte, el consuelo de contarle que le había acompañado en su destierro ofreciéndole su ayuda cuando la necesitaba” (1).

Francisco Puig era patrón de cabotaje, oficial segundo de la Reserva Naval durante la guerra ya que se puso al servicio de la República. Había nacido en Villajoyosa, Alicante, en 1881. Estaba casado con Josefa Mayor y tenía una hija.

A pesar de desconocer las penurias por las que tuvo que pasar y vivir en una época de represalias, mi madre siempre honró su memoria y siempre nos contó lo que recordaba sobra él, así nos hizo querer a alguien que desapareció”.

Mª Ángeles Uris me escribió allá por el 2010, al encontrar a su abuelo en el relato del “Exilio de los Marinos Republicanos”. Entre esas líneas comprendió realmente por dónde había pasado su abuelo. Decía: “pienso que sufrió muchísimo por defender sus ideales y aspirar a una vida mejor.

En los documentos que dan cuenta de su llegada a Bizerta, junto a 3500 marinos de la flota republicana y unos 500 civiles, se dice que bajó del “Miguel de Cervantes” el 12 de marzo de 1939 con “0 bulto”, es decir sin una maleta, un petate. Marcharon hacia lo desconocido con las manos vacías literalmente, con NADA.


“Es una pena que mi madre no lo haya podido saber, pero también pienso que su sufrimiento hubiera sido tremendo al conocer las penurias de la vida que tuvo que llevar desde 1939 al 1943 en su destierro. Mi madre en su desconocimiento pensaba y nos contaba que su padre llevaba una vida tranquila y apacible, lejos de ella, pero en un pueblo en donde se le quería y respetaba” (2).


Foto de Marc Almodóvar.

Hace unos días, Marc Almodóvar y un amigo se toparon con 15 tumbas en Kasserine. Tumbas saqueadas, rotas, olvidadas y abandonadas. Una de las pocas en que se puede leer el nombre es la de Francisco Puig. 

Foto Marc Almodóvar



Que emoción y alegría poder ver la tumba de mi abuelo. Pienso en mi madre que paso toda su vida queriendo saber dónde estaría enterrado su padre. Tanto fue así que aquí en el cementerio de mi pueblo junto a su esposa le puso su nombre y la referencia de que había muerto en Kasserine”(3).

Sueños cumplidos, tarde, demasiado tarde. 

En Kasserine fallecieron y fueron enterrados, al menos, 20 marinos republicanos.



(1) carta de Mª Ángeles Uris, nieta de Francisco Puig  del 28/10/2015 
(2) Carta de Mª Ángeles Uris, nieta de Francisco Puig del  25/10/2015 
(3) Carta de Mª Ángeles Uris, nieta de Francisco Puig del 06/07/2015

Ver también http://ctxt.es/es/20180704/Politica/20613/Santiiago-Alba-Rico-guerra-civil-Tunez-memoria-Republica-exiliados-politicos.htm


domingo, 27 de mayo de 2018

EVASIÓN


Como ya estaban reunidas todas las condiciones indispensables, no tardamos en poner a ejecución el proyecto de evasión, descabellado si lo había, pero no lo sabíamos aún bien. Pronto llegó “el día D”. Recuperamos una vieja maleta de madera que me iba a servir para transportar los libros de los que me costaba separarme (1)”.

Así empieza la primera evasión del campo de concentración de Meheri Zebbeus de los dos marinos Francisco Díaz Bueno y Alfonso Vázquez Fernández. Sin brújula, perdidos, cargados con la maldita maleta, pronto son capturados por unos “autóctonos” que los devuelven al campo y cobran una buena recompensa.  

En 1936 el gaditano Paco Díaz era, como se describe a sí mismo “de natural pacífico y optimista, vivía a mil codos de las contingencias políticas de mi país, con la ilusión puestas  en los próximos campeonatos de atletismo de la Marina, en los que pensaba participar como lanzador de disco (2)”. Además era “un enamorado de la mar, desde bien pequeño cuando desde las ventanas de la clase, en el liceo del Sagrado Corazón, veía los barquitos sobre la cinta azul del mar”. Su compañero de evasión y amigo era Alfonso Vázquez, “astur de buena cepa […] era un muchacho tranquilo, más bien cachazudo (3)”. Antes de la guerra eran cabo de electricidad el uno y cabo radiotelegrafista el segundo y se habían conocido en San Fernando, haciendo deporte y, particularmente, carreras de fondo.

La segunda evasión estuvo ya más preparada, abandonaron la maleta de libros y fue coronada por el éxito, tras muchas calamidades y casi morir de sed.



Estas memorias fueron escritas en 1987, cuando los años y la distancia habían ido creado, como es natural, una realidad menos dolorosa que se podía contar con humor y distanciamiento. Pero nos dice Paco, de cuando llegó a Oran: “se vivía al día y se comía, o cenaba, según las circunstancias. También dormir bajo techado planteaba problemas, en ciertos casos. Conozco a un exiliado que durante una semana durmió sentado en una silla, puesto que no había cama y el espacio era reducidísimo; pero, fuera, a la intemperie, se estaba peor y la policía te llevaba”.

Mil y una anécdotas recorren estas memorias que cuentan las correrías de dos marinos republicanos por tierras africanas.



(1) (3)  DIAZ, Francisco; VÁZQUEZ, M. Alfonso (2018) Evasión (Campo de Internamiento de Meheri-Zebbeus (Tunisie) 1939. Tabernes Blanques.  Valencia: L'Eixam Edicions
(2) DÍAZ, Francisco Victoria y derrota vinieron de la mar. 1936 – 1939. Mecanografiado. Archivo privado.





martes, 24 de abril de 2018

GERARDO RICO LÓPEZ, a Chile en el Winnipeg



Gerardo Rico López. Ficha personal. http://marinavasca.eu



Cuando Gerardo Rico López vio el Winnipeg, de casco “barrigón, negro y brillante, como una enorme ballena” (1), atracado en el puerto fluvial de Pouillac, junto al muelle de Trompeloup, respiró sin duda aliviado. No era un sueño, había realmente un barco de nombre alado que lo iba a sacar del infierno. Acababa de llegar, con otros 25 compañeros, marinos de la Armada, desde el campo de concentración de Meheri Zebbeus para partir a Chile. Ellos, que estaban confinados a orillas del desierto, los olvidados de todos, habían sido “reclamados” para ir al país andino. Las autoridades militares francesas les habían dado los permisos y, con el tiempo justo, partieron hasta Marsella y desde allí, en tren, hasta Burdeos. Ahora, para que la dicha fuera completa, Gerardo tenía que encontrar a su hermano, Fernando. Hacía meses que no se veían. Fernando Rico López, que había sido cabo de marinería en el Jaime I,  fue destinado a las flotillas de Cataluña y había salido de España en enero o febrero de 1939, con la Retirada. Había sido internado en el campo de Argelès-sur-Mer y luego en Le Bacarès.

En los muelles de Trompeloup, una riada de gente se cruzaba, se buscaba, se abrazaba, se reencontraba.

La operación Winnipeg había sido un empeño personal de Pablo Neruda. Con el apoyo del nuevo presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda, el poeta, a pesar de dificultades que parecían insalvables, organizó la salida de poco menos de 2.500 personas, salvándoles de los campos de concentración, de la II Guerra Mundial que se avecinaba, de la angustia y el desamparo. La voluntad de Pablo Neruda era llevarse a refugiados de todos los campos de Francia y su territorio y, efectivamente, ¡hasta se acordaron de Meheri Zebbeus! Otro empeño del poeta era que se pudieran reunir las familias dispersas por Francia y el norte de África. Y así fue, se pudieron reunir esposos, los hijos con sus padres o hermanos dispersos por Francia, Argelia y Túnez.


Winnipeg. https://es.wikipedia.org/wiki/Winnipeg

Gerardo Rico López había nacido en Neda y arrastraba tras de sí un largo periplo. En julio de 1936, en el momento del golpe militar, era cabo de artillería en Ferrol y estaba a bordo del acorazado España, en dique seco.  Quedó con las fuerzas sublevadas. Fue destinado al bou artillado Virgen del Carmen. Una noche de diciembre, en una salida de rutina, los cabos de artillería José Seoane Cortés y Francisco López Rico, junto al marinero José Santiago Pérez, decidieron aprovechar la oportunidad para hacerse con el barco y pasarse a la República. El cabo de artillería Gerardo Rico López y otro marinero, apellidado Gil, se adhirieron a la iniciativa. Echaron una manta por encima al comandante, lo ataron con cuerdas y llevaron el bou a Bilbao.

Gerardo siguió en el Virgen del Carmen que pasó a llamarse Donostia y formó parte de las Fuerzas Navales de Euskadi. Más tarde, en agosto de 1938, participó en lo que se llamó «la odisea del José Luis Díez», formando parte de la tripulación de marinos voluntarios, de confianza y buenos profesionales que, por dos veces, intentaron pasar el estrecho de Gibraltar. De vuelta a Cartagena, en marzo de 1939, salió hacia hacia Bizerta, en Túnez, y fue internado en el campo de Meheri Zebbeus. 

Por fin, en Trompeloup, Gerardo se reencontró con su hermano Fernando. No fueron los únicos.


Vicente Pita Armada. Archivo Hixinio Puentes.


El marinero Vicente Pita Armada, se  reunió también con sus hermanos, José y Manuel, que estaban en Argelia, en el campo de concentración de Boghari. Quedaban lejos los días en que los tres habían huido de Cariño, en el bacaladero Arkale, a los pocos días del golpe. Los otros tres hermanos que se quedaron fueron fusilados. 

El 4 de agosto de 1939, por fin, el Winnipeg zarpó con destino a Valparaíso, dejando atrás una Europa aún en paz. A los once días de una travesía tranquila hubo una pequeña escala para reabastecimiento en Pointe-à-Pitre, en la isla de Guadalupe. Cuatro días después llegaron al puerto de Colón, al lado del canal de Panamá que cruzaron, enfilando ya por el Pacífico hacia Chile. Durante la travesía nacieron dos niñas y falleció un bebé.

El Winnipeg llegó a Valparaíso el 2 de septiembre de 1939 al anochecer y muchos pasaron la noche en cubierta, esperando desembarcar en su nueva tierra de acogida. En Europa, ya había empezado la II Guerra Mundial. A la mañana siguiente, el recibimiento fue entusiasta y caluroso. 

Poco a poco, con el pasaje, fueron bajando los otros marinos de la armada republicana que llegaban del desierto de Túnez. Eran los marineros Manuel Allegue García y Manuel López Álvarez, el oficial naval de la Reserva Francisco Álvarez Suárez, el capitán maquinista Juan Barros Prieto, el auxiliar naval Aurelio Cabezón, el auxiliar de máquinas José Feal Galego, el marinero Francisco González Regueira, el buzo Pascual Iniesta, los marineros Antonio López Dopico y Tomás Martínez González, el maquinista Enrique Méndez García, el marinero Alejandro Otero Pantín, el auxiliar alumno electricista Eduardo Otero Ruíz, los marineros Francisco Palmeiro Chao y Ramón Pereiro Cores, el auxiliar de electricidad Juan Pérez García, los marineros Gumersindo Regueiros y Jesús Rico Domínguez, el auxiliar alumno de artillería José Roca Segarra, el auxiliar alumno electricista José Roca Sande, el auxiliar alumno de artillería Antonio Soto y los marineros Enrique Varela y Manuel Veiga Gómez. Muchos se acomodaron en Chile hasta su fallecimiento. Para algunos, aún hubo más exilios, más avatares que seguiremos contando


1. tal y como lo recordaba la joven  Monserrat Julió (Gálvez, J. 2014, Winnipeg: Testimonios de un exilio. Sevilla: Renacimiento, p. 99).


Para saber más:
Ferrer Mir, Jaime (1989). Los españoles del Winnipeg. El barco de la esperanza. Santiago  de Chile: Ediciones Cal Sogas.
Gálvez, Julio (2014). Winnipeg: Testimonios de un exilio. Sevilla: Renacimiento.
Puentes, Hixinio (2013). Winnipeg, Vigo: Xerais de Galicia.




martes, 6 de marzo de 2018

“Así hundimos el Baleares”



En la noche del 5 al 6 de marzo de 1938 tuvo lugar el combate de Cabo de Palos en que la flota republicana hundió al buque insignia de la flota rebelde, el Baleares.

El periodista Vicente Talón entrevistó en 1988 a David Gasca, comandante accidental del Lepanto aquella noche. Reproducimos parte de este reportaje.

“El día 5 de marzo de 1938, buena parte de los buques de guerra republicanos surtos en el puerto de Cartagena reciben la orden de prepararse para salir a la mar. La misión que se les encomienda no es otra que la de efectuar un “raid” contra el principal punto de apoyo de los facciosos en el Mediterráneo, Palma de Mallorca, y el servicio, en principio, carece de grandes riesgos, toda vez que, según las informaciones recibidas, todos los buques enemigos se hallan fondeados en sus bases”.

“La escuadra que se apresta a zarpar la constituye la flor y nata de los navíos de la República. En total, los cruceros Libertad y Méndez Núñez, más los destructores Sánchez Barcáiztegui, Almirante Antequera, Lepanto, Gravina y Lazaga. Este dispositivo tiene por misión proteger la primera flotilla de destructores, compuesta por el Ulloa, Jorge Juan, Escaño, Almirante Valdés, que deberán de acercarse hasta la bocana de Palma para prestarle un máximo apoyo a la acción de las lanchas torpederas que son las encargadas de penetrar en el puerto enemigo”.

"En Cartagena, a medida que se acerca el instante fijado para dar avante, aumenta la fiebre de los preparativos. Sólo un destructor, el Almirante Miranda, no da señales de vida, ya que aunque entró en servicio al estallar la guerra, aún no disponía en aquel entonces, de todos los tubos y hubo de recibir, para complementar los nuevos, una serie de ellos desechados, por casi inservibles, por otras unidades. En consecuencia sufría de un problema crónico de entrada de agua salada en los condensadores, que le mantenía por lo general, en actividad deficiente o en reparaciones. Su comandante –don David Gasca Aznar- se resignó, pues, a no tomar parte en la misión, que por otra parte, le atraía enormemente, pero quiso la fortuna que a última hora fuese llamado a embarcar en el Lepanto, cuyo comandante, enfermo, acababa de darse de baja”. 

“En realidad, como bien pronto pudo observar, había dejado una unidad en precario para asumir el mando de otra que no se hallaba mucho mejor. El mismo David Gasca rememora”:

“- Al subir a bordo el segundo comandante Don Manuel Sancha, me expuso la situación que tenía de cualquier cosa menos de satisfactoria. Debido a diferentes averías, únicamente disponíamos de dos calderas listas, la tercera estaba calentando y la cuarta, sometida a trabajos de reparación, sólo podríamos contar con ella, en el mejor de los casos, una vez fuera de puerto. Por lo que respecta al aparato de ultracorta, no funcionaba, y esto hizo que, a lo largo de toda la operación, me hallase incomunicado del resto de la flota, siéndome imposible de recibir órdenes. Como estaba terminantemente prohibido utilizar la estación de radio, este aislamiento motivó que, como ocupaba el último lugar de la línea de fila, sólo conociese la presencia de los buques enemigos cuando los hube avistado…”

“[…] Con un cierto retraso, la escuadra empieza a abandonar Cartagena, siendo el crucero Libertad  el que cierra el imponente desfile. Una vez aguas afuera, los buques adoptan las formaciones previstas en servicio de vigilancia, para, al poco, enterarse de que el objetivo de su salida acaba de frustrarse”. […]

“Con todas las luces apagadas, en noche oscura, los buques republicanos continúan su rumbo, y, de pronto, ¡el enemigo! David Gasca me cuenta:”

-“A las cero horas cuarenta y cinco minutos avisté por babor, sucesivamente, tres barcos que navegaban con las luces apagadas, pero cuyas siluetas identifiqué en el acto como tres cuceros en poder del enemigo y que se me habían hecho familiares en otras circunstancias. Iban en línea de fila, de vuelta encontrada; su velocidad era alrededor veintidós nudos y se hallaban a unos dos mil quinientos metros de distancia. Inmediatamente di la orden de zafarrancho de combate, pero no les lance ningún torpedo, ya que dada su velocidad relativa y el haberles descubierto cerca del través, era dudoso que hubiese podido hacer blanco.[…]

“Tanto para ellos como para nosotros, el encuentro fue una verdadera sorpresa. Apenas pasado el enemigo, todos los que nos hallábamos en el puente  pudimos observar la señal JZI, que en el código en vigor antes de estallar la guerra significaba zafarrancho de combate. El mensaje era transmitido en claro por el scott alto del buque insignia enemigo, que de esta forma descubrió el lugar que ocupaba en la línea: la cabeza. Yo decidí en ese momento que si volvíamos a encontrarnos con ellos, lo que no tendría nada de particular, tomaría como blanco al primero de la formación, y así fue. Según comprobamos más tarde, inexplicablemente, no tuvieron la perspicacia de cambiar el orden en el que navegaban, lo que les costó perder la nave insignia y, con ella, todo el Estado Mayor”.

“A las dos horas trece minutos, los buques republicanos, que han efectuado dos cambios sucesivos de rumbo, descubren de nuevo al enemigo situado, en esta ocasión, a unos cinco mil metros por babor. En breves segundo se inicia un duelo artillero, mientras que los destructores reciben la orden de acercarse y atacar utilizando sus torpedos. Sólo el Lepanto, que debido a la avería de su estación de onda corta, no se entera de la orden, conserva el rumbo durante todo el combate y lo mantiene –así como su posición en línea de fila- hasta descubrir el faro de Cabo Palos. Pero devolvámosle la palabra a David Gasca:”

“-La luminosidad era intensa, el enemigo no cesaba de tirar, y guiado por los fogonazos de los disparos, apunté al centro del primer buque, que suponía que era el navío insignia, lanzándole los tres torpedos del grupo de popa, en el espacio de cinco segundos y conservando los otros tres como reserva de cara a un hipotético encuentro posterior. Casi en el acto vimos una columna de humo que salió por la chimenea del barco atacado y un globo de fuego que fue aumentando de volumen y que se abrió a gran altura, iluminando todo el espacio. Paralelamente surgieron dos fogonazos, uno a proa y otro a la altura de los pañoles de pólvora, mientras que las llamas corrían por toda la cubierta y se distinguían perfectamente cómo trozos de estructura se precipitaban al agua. Los buques facciosos, como si les hubiese impresionado lo que acababa de suceder, acallaron su fuego.”

Hasta aquí el relato de David Gasca contado por Vicente Talón. En el combate también intervinieron la artillería del Libertad y los torpedos del Sánchez Barcaíztegui y los del Antequera.

Con motivo de esta victoria de la escuadra republicana, el Comandante Luis González Ubieta recibió la Laureada de Madrid; Eugenio Porta, director de tiro del Libertad, recibió la Medalla de la Libertad; la Placa del Valor le fue otorgada a título personal a 13 marinos y le fue concedido el distintivo de Madrid a los buques y las dotaciones que participaron. Se creó un diseño especial de este distintivo, bordado en oro y plata para el gallardete y para el uniforme.